Apuntes de clase

En mi cuaderno amarillo encontré una nota: las clases de poesía no pueden ser asépticas.

Este hombre habita un espacio esterilizado -o estéril- y corta un organismo que dormita. Nadie lo advierte, pero la bestia respira, tenue, casi aburrida; ha sido anestesiada antes de sentir el bisturí de saliva.

Desde la galería, quiero reír. A mi lado los hombres y mujeres que asisten al A-26 no se percatan del espectáculo, el cirujano tampoco. No sabe que lo estoy escuchando. Prosigue. Habla de geometrías invisibles y movimientos que ya nadie recorre. No sabe que dejé de escucharlo. Quiero reír desde la galería. El poema es un cuerpo jadeante, despierto, en el centro de una mesa metálica. Sus extremidades rechinan ácido láctico y se retuercen bajo el látex que las inspecciona según las terminaciones nerviosas del siglo: sonetos con estrambote, serventesios, redondillas, liras o silvas.

El organismo se salta un latido y parece reconocerme: sabe que lo estoy viendo. Quizás sepa que lo estoy sintiendo, también. Que me duelen los cuchillos en todo el paladar como a Vallejo. El poema del A-26 es un cuerpo enfermo, terminal: cayó de bruces sobre esta mesa a escasos metros de mí. La anestesia es un hilo blanco desde las comisuras, entre la carne, atravesando el frenillo. El poema jadea. Nuestro esfuerzo es inútil.

Una boca quiso dormir a la bestia, mas el poema siempre resiste.

Advertisements

La cruzada de los niños

 

“You know — we’ve had to imagine the war here, and we have imagined that it was being fought by aging men like ourselves. We had forgotten that wars were fought by babies. When I saw those freshly shaved faces, it was a shock. “‘My God, my God — ‘ I said to myself, ‘It’s the Children’s Crusade.”

Kurt Vonnegut

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

vino la muerte y tenía un solo ojo
dentro la bala, afuera el cristal
una misma urgencia/

la imagen viva no le regresa al niño
hay más hijo en ella/más flores en el puño
y la boca hueca de la roca suena con el brote de las aguas

una madre no pudo deslizar/los párpados de su hijo
un gesto/
como el sueño que se aleja
______[apertura máxima de diafragma/distancia mínima de enfoque/collage digital]

dónde está el llanto caído

vino la muerte ya sin nosotros/
tenía dos ojos
entreabiertos.

 


 

Para Benja, con ansioso cariño, tras los acontecimientos del 19 de abril del 2017 en Caracas. 

«y los pedacitos de los compañeros/¿alguna vez
se juntarán?»

Juan Gelman, Nota XII.

 

BAJO TIERRA

a los hombres que se los traga el suelo
los observan los niños de mi país
solo ellos advierten sus muñecas rotas de patio
un niño quiere arar el polvo/que llueva/que se detengan
pero los hombres a los que se los traga el suelo
están ocupados masturbándose
en su sueño de fusil

a los hombres que se los traga el suelo
se les ordena el corte, el corte, el corte/
los obedientes quiebran los deditos del niño
_______________su pálpito de excremento/
vuelven de la muerte para la muerte

a los hombres que se los traga el suelo
se les acaba el suelo
el niño no sabe cuándo va a volver del médano de olivo.
es bien sabido que a los niños que se los traga el suelo
a veces/les permiten despedirse con un «dispárame de una vez».


sus amigos lo seguimos buscando

 


 

LA BASURA

pienso en los niños de mis calles
desde aquí donde no medra la nieve/
las lenguas empujan los dientes
____________(hacia arriba)
____________(siempre hacia arriba)

solo un edificio raja el cielo
contra él reposan limosnas de piedra/
_____________y yo pienso en los niños/
_____________de la calle San Andrés

la sed dilata úlceras en las bolsas negras
los niños entierran sus rostros en el plástico/
_____________con sus deditos entre la savia podrida
para bebérsela toda
restos de proyectil entre las muelas.

 


 

Papá murió hace un mes

Papá murió hace un mes.

El día que murió quise escribir «papá acaba de morir». Pero no pude. Tres días más tarde, quise escribir «papá murió hace tres días». Tampoco pude. Las horas pasaron, aletargadas, sabiendo que transportaban ausencia.

Dije que me escondería dentro de la verdad para poder decirla, como se hace tantas veces con las mentiras. Papá murió y yo pensaba que «lo bello» existe en las diversas formas de decir verdad. Papá murió y él no sabe cómo voy a decir verdad ahora. Yo tampoco lo sé.

Pasaron 31 días. Mamá murió con papá, al menos un poco. Todos nos morimos con él. Nadie habla de los días que antecedieron a su muerte, solo repetimos «ya no tiene dolor» debajo de la voz, como un coro sin aliento. Esos días también están muertos, no obstante, regresan a mí. El dolor se lleva y trae todo, y el olvido, a pesar de ser el concepto más violento, es en extremo moroso. Papá no sabe que ha muerto. Nadie realmente lo sabe.

Cuando papá entró en la agonía de estar muriendo, comencé a sangrar. Me rompí por dentro mientras a él también se le quebraba la vida. Los coágulos tocaban mis rodillas por detrás, se adentraban en sus pliegues arrugados. No le dije a nadie. Se gestaba otra mujer como un parásito de sangre y polvo, ella ahora escribe esto.

Esa mujer le escribió estos versos fútiles e incompletos cuando estuvo a su lado:

Me atormentan todos los pretéritos

seductores del trazo

montañas errantes

dispersas y peregrinas

en la opacidad de la pantalla.

Me ahogo entre sístoles y diástoles

atravesadas por el mástil de plástico

que lleva ahora como bandera

tu garganta muda.


Días más tarde, dejé de sangrar, pero papá no dejó de morir.


Papá me dijo que morirse era fácil. Tenía mucho dolor y también tenía la razón. Morirse es fácil, pero a él le costó. Estar muriendo es otra cosa, lo dice la lengua. Yo sabía que le costaba mucho, una mueca intranquila se había apoderado de su rostro y buscaba la almohada para cubrírsela:

-¿Qué tienes? – le dije.

-Ganas inmensas de llorar.

A papá le costó morirse y nadie sabe cuánto.


El día que papá intentó matarse, papá ya estaba muerto. Quería saltar por la ventana, pero estaba tan muerto que no podía llegar hasta ella. A papá también se le habían acabado los pasos, sus dedos querían tragarse sus pies y sus pies querían engullir sus piernas. Se le pudrieron las extremidades y exudaba sangre diluida en agua. Su cuerpo también quería matarse, pero ya estaba muerto. Me arrodillé junto a él y le dije que lo entendía. Entonces yo también estaba muerta.

Papá murió ya estando muerto, aunque no es así tampoco. Esa mañana le besé la cabeza y le recé mis oraciones ateas; lo sostuve mientras se moría. Seguía tibio, rosáceo, con los párpados tiernos. Seguía vivo, aunque ya no palpitara su sombra. Hay una onomatopeya vulgar que me rehúso a escribir. El monitor que indicaba sus signos no cesaba de pitar, hasta que se convirtió en una línea sorda e infinita. Y entonces murió ya estando muerto. Se le agrietó la boca y a mí el espíritu. Papá se convirtió en un muñeco de hule, aunque no se dijera. Nadie quiso admitirlo, pero le cosieron una mueca macabra. Papá estaba horrible. Papá estaba realmente muerto. Yo tampoco lo sé aún. Nadie realmente lo sabe.

Papá murió hace un mes. Ella me dijo que escribiera todo esto, porque sería arte. Al inicio pensé: lo único útil de la poesía es convertir este dolor en algo hermoso, quise voluntad para continuar escribiendo. Me equivoqué. Esto no es más que una confección de un traje de vitalidad, un artificio, orfebrería barata: la muerte se escapa entre las costuras. La pulsión de muerte se cuela entre el lenguaje. Esto no es hermoso. Nadie sabe lo que es. Quizás nuestros muertos son los únicos que pueden acompañarnos en el misterio oblicuo de esta experiencia.

Papá y yo nos morimos hace un mes. Lo que queda es un parásito. Mi verdad es polvo y sombra.


DISCLAIMER: Este texto está siendo publicado diez meses después de la muerte de mi padre. Hay cosas de las que todavía no puedo o no sé hablar. Este es un camino que no termina. Ahora bien, no sé si estoy completamente consciente de las consecuencias del texto, pero esta especie de diario de mi duelo tal vez le pueda servir a alguien que esté atravesando lo mismo.